La galardonada Slumdong millionaire ha puesto al director Danny Boyle en boca de todos. Es un buen momento para repasar la filmografía del británico y analizar una de sus obras: 28 días después. Con ella, Boyle rescató del olvido el mejor cine de zombis y catástrofes. La película, estrenada en 2002, fue rodada con cámaras digitales, por lo que supuso la reinvención de uno de los subgéneros del terror más importantes.
Y es que, aunque en 28 días después el origen del espanto no es una plaga de muertos vivientes, sino de infectados por un virus que los deshumaniza, el concepto entronca con el que guió a Romero para situar a La noche de los muertos vivientes (1968) en la cumbre del género.
Avalado por títulos de culto como Trainspotting (1996) pero también por densas e ineficaces obras como La playa (2000), Boyle se adentró en la complejidad de un film que trata de dotar del máximo realismo a la ciencia ficción. La obra que nos ocupa comparte con las anteriores una ligera y poco desarrollada crítica a la sociedad moderna, enfocada esta vez a la dura experimentación que los científicos llevan a cabo con animales.
Técnicamente, 28 días después es una obra cargada de fuerza visual, que el director consigue a través de planos imposibles y aprovechando las posibilidades que le ofrece el formato digital, con el fin de conseguir los mejores efectos. Además de impactar al espectador con todo este despliegue, los recursos formales del filme están orientados a que el espectador experimente la tensión, el temor y el agobio que sienten los protagonistas, en primera persona.
En el plano narrativo la película está estructurada en dos partes. La primera abarca desde el origen de la epidemia a la llegada al enclave donde habita la resistencia, y versa sobre la desolación y desesperanza que invade al protagonista al contemplar la destrucción del país. En la segunda parte, el relato da un brusco giro, y se centra en la lucha que los hombres emprenden contra otros hombres. Además, muestra hasta dónde llega el instinto de supervivencia, por el que el ser humano asimila sus conductas más primitivas, movido por el afán de permanecer con vida.
El título del filme hace referencia a una violenta elipsis, que tiene lugar tras la secuencia prólogo, en la que se plantea la idea de la que parte el relato. Cuando, tras ese periodo de tiempo, Jim (Cillian Murphy) despierta, descubre que se halla en una ciudad totalmente desierta. En este punto, el director se afanó en conseguir increíbles planos generales de un Londres desolado, que se detienen brevemente en la pantalla, logrando así un acentuado dinamismo. La música, que va de menos a más, respalda a la imagen culminando la secuencia con mucha intensidad. Las tomas están filmadas desde distintos puntos de la zona por varias cámaras, por lo que las imágenes parecen formar parte de un documental que transmite todo su realismo al espectador.
Desde la segunda secuencia advertimos el predominio de los planos inclinados que inciden en la idea del desorden y el juego de luces y sombras que rodea a los personajes y dota a las imágenes de un tinte apocalíptico. Prueba de ello es la escena que narra la entrada de Jim en la Iglesia. El protagonista aparece a contraluz en un plano picado desde detrás de la enorme cruz, que remarca la insignificancia del hombre frente a Dios y anticipa la idea de que la fe ha dirigido la conducta de cientos de cristianos hacia su ansiada salvación a través del suicidio masivo, que a continuación muestra el director en un espeluznante plano de conjunto.
Otra delicia desde el punto de vista formal es el plano de la azotea donde viven Hanna y Frank, captado en un picado y desde un ángulo levemente inclinado. La composición se basa en un marcado contraste entre los colores vivos de la inmensidad de cubos, y el tono gris que baña la ciudad.
Mención especial merece el tema de los enlaces temporales, que Boyle resuelve con notable creatividad. Transiciones por sobreimpresión y barridos forman parte del abanico de recursos que el director utiliza con una finalidad estilística.

- Escena de la película

Uno de los aspectos fundamentales que definen 28 días después es su elaborado montaje, que genera una sensación de movimiento sin igual. Como un claro exponente, encontramos la escena en la que el director muestra cómo los militares tienen prisionero a un compañero infectado. La rápida intercalación de planos inclinados, subjetivos del prisionero, de planos detalle de sus pies, logran un dinamismo y un ritmo casi agobiante, que por otra parte, seduce al espectador.
La secuencia final de la película , tras la segunda elipsis del relato, viene introducida por un acelerado de imágenes, que nuevamente potencia el desasosiego y la inquietud que Danny Boyle transmite a la perfección a lo largo del metraje.
En cuanto a la interpretación, el director escogió actores que no fueran excesivamente conocidos, para que ninguna individualidad acaparara la atención del público y poder destacar la unidad de un grupo de personas que conviven de igual a igual. A mi juicio, la evolución del protagonista no resulta muy coherente, pese a que su cambio se precipita cuando ve un avión sobrevolando Manchester. Creo que el paso radical de la inocencia a la actitud fría y heroica podría estar mejor conectado en la pantalla.
Del guión se desprenden interesantes ideas, la principal: las consecuencias de la destrucción del orden social, que concilian al ser humano con sus instintos más primarios. Asimismo, toca tímidamente lo importante que es para el hombre sentirse parte de una comunidad.
Desde mi punto de vista, la película parte de un planteamiento estético digno de tener en consideración, que, sin duda, cautiva nuestros sentidos. Sin embargo, su capacidad para despertar las emociones del espectador es, a mi modo de ver, muy cuestionable.


sin embargo, la historia termina cuando unos soldados aliados arrestan al comandante.
En esta ocasión me gustaría rescatar un cortometraje de 1984. Jumping fue creado por 







